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sábado, 25 de julio de 2026

 

EL PATRIMONIO PERDIDO  

Este libro, escrito por el pianista compatriota Alberto Reyes, expone una cruda visión del estado actual de la música clásica en Uruguay, sus causas y posibles soluciones. Soluciones a mediano y quizá largo plazo, claro está, dadas las dimensiones de una decadencia lindante en una destrucción intencional y sistemática.


Tuve la distinción de ser invitado por el autor para presentar su libro junto al Prof. William Rey, en un acto que se realizó en el Museo Zorrilla de San Martín en Montevideo, el 15 de julio de 2026 con un numeroso público presente. Un público naturalmente interesado en la música clásica y que es tan sólo una parte del numeroso público que asiste a los conciertos que aún se brindan en nuestro medio, colmando en ocasiones la capacidad de las salas.
Durante la presentación tuve oportunidad de comentar el contenido desde mi punto de vista como músico. En este artículo deseo ahondar un poco más en el tema de las causas y las consecuencias.




El público perdido: Una estadística inquietante.

Desde el incendio del Sodre en 1971 hasta hoy, transcurrieron 55 años. Redondeando, transcurrió medio siglo.

Retrocedamos a la década de los 60' y hallaremos testimonios interesantes., Las crónicas en esa década, firmadas por figuras como Hugo Alfaro y Washington Roldán, diseccionaban la geografía humana del Sodre caracterizando al “público de galería” (tertulia alta y galerías)  como un tribunal joven y exigente. Los críticos, analizando el comportamiento de los estudiantes en los pisos superiores describían un ambiente "vivo y sudoroso" que marcaba el rigor artístico y reaccionaba con ovaciones intensas o abucheos implacables. Para los intelectuales de la época, este público demostraba que el acceso a la música clásica no era un privilegio burgués, sino un derecho y una herramienta de formación intelectual. Y esas crónicas mostraban algo más: la importancia que tenía la música clásica para un sector considerable de la juventud, tan considerable que llenaba una buena parte del antiguo Estudio Auditorio del Sodre y por igual en el Teatro Solís.

¿Y qué dice una estadística de 2026? Nuestra página de Facebook, dedicada exclusivamente a la música clásica en Uruguay, con más de 2000 seguidores en julio de este año, en proporción de porcentajes de interés por edades, dice esto:




Un 32,6% son mayores de 65 años de edad. De ahí va bajando (en edades e interés) hasta que al llegar a edades de entre 18 a 24 años, el interés cae al 1,4%. 

Tal vez se dirá que es una medición de un sector de redes sociales, pero el punto es que, aun así, mide una respuesta

generacional ante un medio de comunicación uruguayo dedicado en exclusividad a la música clásica. 

Y quienes asisten hoy a los conciertos pueden comprobar que, si observan con atención, el público perdido es la juventud. 


¿Los culpables?

Un edificio se comienza a construir desde los cimientos y no desde el techo. Pero, para demolerlo, es más sencillo proceder de arriba abajo. 
 

En ocasiones se dice que el éxodo de músicos uruguayos - compositores e intérpretes - ha sido una causa importante aun bajo la justificación de que buscaron mejores oportunidades, mejoras en los medios de vida y realizar, además, sus propias metas profesionales en ambientes más favorables, ¿Se les puede adjudicar una culpabilidad? Antes de apuntar un dedo acusador, veamos que ellos se fueron porque habitaban un edificio que se venía abajo desde arriba.


¿Podemos señalar al Sodre como culpable protagonista? No olvidemos que también están las Intendencias y sus respectivas extensiones culturales. Sin embargo, es el Sodre el que conserva autonomía para su gestión artística, académica y de programación, y sus decisiones presupuestales y administrativas se alinean a las políticas culturales del MEC. Esta característica no se puede pasar por alto en sus responsabilidades difusoras relevantes de la cultura musical en todo el país.


En 2015, el flamante Presidente del Sodre, durante una entrevista difundida por una de las emisoras oficiales, declaró que «Un coro de ópera y una murga son casi lo mismo, desde el punto de vista del fenómeno social». El objetivo central, según él, sería "democratizar el acceso al Auditorio Nacional y romper con el prejuicio de que el Sodre es exclusivo para la alta cultura o las clases altas".
Los sectores vinculados a la música clásica, la lírica y la intelectualidad reaccionaron manifestando su preocupación en cartas de lectores y columnas de opinión de diarios como El País y El Observador. Los argumentos señalaban que un coro de ópera requiere una formación académica y técnica vocal (lectura de partituras, impostación de la voz, canto lírico sin amplificación microfónica) que no es comparable con el canto de murga. En conjunto, había temor a la "pérdida de excelencia", un miedo latente de que la apertura hacia expresiones del Carnaval terminara desplazando el presupuesto o las fechas destinadas a los cuerpos estables del Sodre (el Coro Nacional, la Orquesta Sinfónica y el Ballet Nacional).

No fueron temores infundados y el tiempo lo confirmaría. ¿Por qué? La causa no se halla únicamente en las preferencias artísticas de los directores y las estrategias que en consecuencia llevan a cabo, sino en algo mucho más preocupante y que no ha variado nada desde la reapertura del edificio en la esquina de Andes y Mercedes. Esto es, la ignorancia en la materia que asigna los cargos desempeñados y la enorme dificultad para poder cambiar esa realidad.

En este sentido, el pianista, musicólogo e historiador uruguayo Sergio Elena, relata:


« Allá por 2010 me dirigí a las oficinas del “SODRE”. El motivo de mi visita presentar al vicedirector artístico de la institución un proyecto –prácticamente ad honorem– , que incluía el “ciclo integral de las 32 sonatas para piano de Beethoven” en la modalidad de lectura-concierto, para desarrollar a lo largo y ancho de todo el país. La idea fundamental era llevar esta iniciativa a ciudades, amén de las capitales departamentales, que están por fuera del “circuito cultural”. Si bien conocía desde la adolescencia al Sr. vicedirector, no voy a referirme a él directamente: lo llamaré 'Sr. D'. Luego de explicar pormenorizadamente el proyecto se desarrolló el siguiente diálogo: “—Sergio, decíme 'esas' sonatas ¿vos las tocás en una noche? Frente a mi asombro atiné responder: —Bueno... en realidad sí puedo hacerlo en una noche pero en el Círculo Polar ártico”. El 'Sr. D' no captó la ironía, por lo que enseguida añadí: —¡Pero mi querido 'D' son más de diez horas de música, cómo voy a tocarlo en una noche! —¡Ah pensé que [las sonatas] eran cortitas!, respondió inmediatamente. —Pero 'D' ¿no te acordás que en casa, hace tiempo, escuchamos la sonata op.111, con aquel movimiento lento, la Arietta Adagio molto que tanto te llamó la atención? —¡Ah sí una que tenía una 'lentitud que mata'!”. Luego de este diálogo habrá que evaluar si el Surrealismo no caló en el Uruguay más de lo que sospechamos... » .


-o0o-

Sin más comentarios, la piqueta demoledora está en el corazón del Sodre y, a su vez, en manos de quienes designan cargos de arriba abajo.

En mi opinión, lo que hace falta es una Política de Estado que, como tal, vaya más allá de las políticas

cambiantes de los gobiernos de turno, y uno de los objetivos primordiales deberá ser devolverle al Sodre las responsabilidades y directrices que fueron perfectamente definidas en el momento de su propia creación. El mayor obstáculo, como ya lo dije, es la ignorancia en la materia que asigna los cargos desempeñados y la enorme dificultad para cambiar esa realidad.  


Gustavo Britos Zunín