En Uruguay:
¿Se puede vivir de la música?
Quizá todos los músicos, y no únicamente los que cultivan la música “clásica”, se sientan involucrados. Claro está que, por razones incluso invasivas de mercado y también de políticas culturales, la peor parte se la lleva la música clásica: desde la docencia hasta la labor artística en sí misma.
No me lo contaron.
Cuando algo no es de primera plana es preferible hablar por la experiencia propia para evitar discusiones inútiles. En mi anecdotario personal hay dos acontecimientos que golpean muy duro a los divulgadores de la alta cultura artística.
La primera viene de mediados de los años setenta, cuando fui invitado por un club social de un Departamento del interior para realizar dos conciertos de piano. Todos los gastos pagos. ¿Y el caché? Ah, no, ningún caché, mi actuación debía ser gratuita. Era un acto cultural. Entonces le hice al organizador una pregunta: ¿No es cierto que se cobra una mensualidad a los socios, para ofrecerles beneficios como por ejemplo estos dos conciertos? Esta pregunta - que supongo nadie había hecho antes - dio un resultado inmediato.Quedó convenido el pago del caché que yo pedía para ambos conciertos. Pero no todo terminó ahí. Después del primer concierto fui a cenar al restaurante del club, me identifiqué e hice el pedido eligiendo el menú de la carta que estaba sobre la mesa. Perfecto, pero, cuando me retiraba, me llamaron para que pagara la cuenta. Aclaré que tenía todos los gastos pagos y la respuesta que recibí fue: “¡Ah, pero usted tendría que haber pedido el menú de artista!”. ¿Y cuál era ese menú “de artista”? Una ensalada, un plato de sopa, agua mineral y un postre de gelatinas. Dije que le pasaran la cuenta a la directiva del club y ellos entenderían. Al mes siguiente, después de mi segundo concierto, también fui a cenar al mismo lugar; me alcanzaron la carta y elegí el menú a gusto. Al retirarme, nadie me llamó para pedirme cuentas.Y me quedé pensando.
Me quedé pensando en cuántos, antes que yo, habrán aceptado la idea surrealista del menú “de artista” ¿O habrán pagado del bolsillo propio una cena o un almuerzo decente, sin haber cobrado nada por presentarse? ¿Y cuántos habrían de aceptar después esas mismas condiciones para actuar?
La segunda anécdota se remonta a unos diez años antes, cuando recién comenzaba mi carrera. Hubo un llamado a jóvenes músicos para organizar una serie de conciertos de divulgación cultural y me presenté como aspirante, adjuntando la nómina de estudios realizados. Fui aceptado y pregunté cuál sería la remuneración. La pregunta cayó tan de sorpresa que la respuesta fue tajante: “Mire, joven, ¿usted pretende cobrar mientras pianistas como Hugo Balzo o Nibya Mariño tocan gratis si es por la cultura?”
Era que yo creía que la mejor manera de hacer cultura debía ser consiguiendo que fuese un medio de vida. Si no, que lo digan todos cuantos emigraron persiguiendo ese mismo objetivo, pudiendo algunos alcanzar relieve internacional en mérito a la excelencia.
¿Se necesita aclarar algo más? Parecería que sí: una cosa es subvencionar conciertos con entradas gratis, para democratizar la cultura musical, y otra cosa es permitir o exigir que haya músicos actuando “desinteresadamente” en nombre de la cultura y busquen un medio de vida en otra actividad que les resta un tiempo valiosísimo.
La paradoja mayor alrededor de todo este tema.
Paralelamente a tales “incentivos” a la cultura, se desarrolló un mercantilismo en la enseñanza privada al cual hice alusión en otro artículo señalando los perjuicios causados por el auge que tuvo durante la década de 1960 y duró hasta 1980. Los conservatorios privados de aquella época, en lugar de competir en calidad con el Conservatorio Nacional de Música fundado en 1957, prefirieron competir con una inusual tolerancia al bajo nivel otorgando Diplomas inmerecidos y cobrando muy bien por el derecho a los exámenes. La paradoja fue que, gracias a aquel mercantilismo, una gran cantidad de docentes en todo el país podían vivir de la enseñanza de la música, música clásica según los programas de los conservatorios de la época. Contra los resabios de aquellos días que se desmoronaron, hoy en día quedan contadísimas instituciones privadas serias y profesores que luchan denodadamente contra ofertas tales como “¡aprendé piano en una semana!” y “disfrutá tocando las canciones que más te gustan”. En ese entorno ¿se puede vivir de la enseñanza en serio?
La perspectiva histórica.
En el siglo XXI Uruguay heredó las consecuencias de puntos de vista que se remontan hasta hace cien años atrás. El 12 de agosto de 1925 el Estado uruguayo crea, por decreto, el “Premio Ministerio de Instrucción Pública”, con el fin de “estimular la producción artística nacional”.
Pero la convocatoria que se presentaba ambiciosamente como “Premio de Instrucción Pública” originó largas discusiones y enmiendas sucesivas. En primer lugar, se limitaba únicamente a dos disciplinas artísticas: la pintura y la escultura. ¿Solamente los pintores y escultores eran artistas? Como era de esperar, la limitación no tardaría en despertar protestas y en 1926 hubo que ampliar el rango, pasando de dos a doce categorías que incluyeron a la música.
Las discusiones, no obstante, continuaron. Fue creada la categoría “Mejor composición musical”, pero en un acta el Jurado objetó que especificándose un premio único, “(...) el procedimiento que (este jurado) ha debido seguir ha sido el de elegir entre las obras presentadas a las de mayor vuelo, resultando en consecuencia las que abrazan el género sinfónico, donde el desarrollo que se impone determina toda la capacidad del compositor. Si en cambio otra hubiese sido la forma del concurso, vale decir, si hubieran sido varios los premios, destinando los unos a las obras sinfónicas y los otros a obras para piano, o para cantos, o para coros, etc., separando cada grupo, habría sido posible que algún otro compositor fuera premiado, como también hubiera habido la posibilidad de que fueran en mayor número los concursantes. Este Jurado cree pues, que convendría, cuando se hiciera un nuevo llamado a concurso en lo que concierne al arte musical, especializar el género de música al que debe sujetarse la acción de los jurados”. (Fuente: Revista Encuentros Uruguayos,Volumen VI, Número 1, Diciembre 2013).
Así se hizo, pero las discusiones tampoco terminaron y se llegó a proponer que, en vez de premios, el Estado debía sostener a los artistas asignándoles un sueldo como trabajadores intelectuales. Esta idea también tuvo detractores, pues se objetó que los artistas no debían ser empleados públicos. A pesar de la objeción, en 1929 se creó el Sodre, en 1947 por decreto municipal fue creada la Comedia Nacional, y en 1958 la Orquesta Sinfónica Municipal, con lo cual un grupo de artistas de teatro y de músicos profesionales pasaron a ser, hasta hoy, empleados públicos a sueldo. ¿Problema resuelto? Pues, no. Es evidente que fuera de la plantilla habría de quedar una multitud de abandonados a la suerte.
No deja de llamar la atención que estas discusiones se hubieran iniciado a principios del siglo pasado, en una época donde la música clásica adquiría rápidamente en Uruguay una preponderancia tal que, en pocos años, hizo que nuestro país integrara el circuito de conciertos de mayor nivel internacional con espectáculos casi diarios y gran asistencia de público. Así que el problema no era ver cómo interesar al público, sino que era ver cómo promover y sostener a los compositores.
Y en esto último hay un círculo vicioso que heredamos intacto hasta hoy: como el público no está familiarizado con los compositores nacionales, no pide sus obras; y como el público no las pide, las orquestas no las programan y el público nunca aprende a apreciarlas ni a pedirlas. En consecuencia, se prefiere seguir apostando a la "seguridad" de llenar la sala con un repertorio conocido. No importa si la obra de un autor nacional ha recibido un “premio” del Estado o si el compositor recibe alguna remuneración; de hecho, si en el mejor caso esa obra se incluye en algún concierto será por única vez, o en forma muy esporádica, y la frustración ya no es económica sino artística y sigue sin solución.
Con los intérpretes la herencia del siglo pasado es distinta, pues la costumbre de figuras de enorme prestigio de dar conciertos sin cobrar honorarios no nació de la nada; respondió a un perfil ideológico y a una estructura institucional muy particular, pero que, efectivamente, tuvo un efecto colateral devastador para la profesionalización de los músicos jóvenes. Las razones detrás de este hábito y el impacto que tuvo en las siguientes generaciones se debieron a factores muy específicos. Nuestros “monstruos” de la música clásica se formaron bajo un paradigma que defendía que la cultura refinada debía democratizarse a cualquier costo y llegar a todo el pueblo. Para ellos, la música clásica no era un negocio privado, sino un servicio social o un apostolado. Sentían que cobrar una entrada o exigir cachés elevados a las intendencias locales o a los centros culturales era privarle del arte al pueblo. El punto clave que permitía tanta "generosidad" era que aquellas grandes figuras no vivían de sus conciertos, sino que tenían recursos económicos completamente asegurados a través del empleo estatal y la docencia de alto rango. Eran catedráticos del Conservatorio Nacional de Música (hoy Escuela Universitaria de Música) u ocupaban cargos de directores artísticos, asesores de programación en el Sodre o agregados culturales diplomáticos en el exterior. Al tener salarios estables como funcionarios públicos de buen nivel, se podían permitir el lujo ético y estético de donar sus presentaciones. Este hábito generó una distorsión de mercado catastrófica para las generaciones emergentes. Frente al "Amor al Arte", cuando un músico joven iba a negociar con una intendencia del interior o un club social para tocar, la respuesta solía ser: “Pero si Nibya Mariño vino el mes pasado y no nos cobró nada, ¿cómo me vas a cobrar tú que estás empezando?”. El prestigio de los consagrados tocando gratis llevó a cero el valor comercial del trabajo del músico joven, a la vez que los programadores prefirieron llenar la sala con un nombre ilustre sin costo ninguno, antes que arriesgar un presupuesto con un pianista o violinista joven que legítimamente necesitaba el dinero para pagar el alquiler o ir al supermercado. Así fue que el propio Estado uruguayo y los centros privados se acostumbraron a que la música de cámara y los recitales de solistas eran "gratis".
Jaque mate.
El romanticismo de los grandes maestros de mediados de siglo pasado, aunque bienintencionado en su afán de educar al país, terminó cimentando el mito de que el músico vive del aplauso, una herencia cultural contra la que las siguientes generaciones tendrían que luchar sin mucho éxito porque las leyes y hábitos del pasado se ordenaron en los papeles, pero los resultados siguen siendo precarios. Las oportunidades más estables las ofrecen el Sodre y la Filarmónica de Montevideo, pero lógicamente con plazas muy limitadas. Por otro lado, el músico independiente con un proyecto autogestionado consigue con suerte una o dos funciones mensuales volviendo imposible cubrir una canasta básica. Si a todo esto añadimos las políticas culturales de las últimas décadas hasta hoy, nos encontramos con que los errores del pasado se perpetuaron y podrán volverse irreversibles.
Gustavo Britos Zunín




