DECADENCIA DE LA MÚSICA CLÁSICA EN URUGUAY.
La situación actual no es casualidad.
Al analizar la realidad uruguaya frente al panorama internacional, se destacan grandes factores que explican la brecha en la música clásica. Mientras en otras partes del mundo hay un "puente" entre la infancia y la universidad, en Uruguay la estructura es radicalmente distinta; fuera de Montevideo, el acceso a una formación en música clásica es escaso. Aunque existen conservatorios departamentales y municipales históricos, no existe una red nacional unificada que filtre y prepare al talento con el mismo nivel de exigencia que se le pide a un niño o adolescente europeo, norteamericano o incluso asiático. En sustitución de esta carencia, en Uruguay existe un parche institucional: la Escuela Universitaria de Música ofrece un Ciclo de Introducción a la Música (CIM). El CIM es una etapa de Pregrado diseñada para nivelar a los estudiantes antes de que puedan ingresar a una Licenciatura. En Europa, esto sería impensable: un alumno de 18 años entra de manera directa al Grado Universitario con un nivel técnico e interpretativo que en Uruguay cuesta años alcanzar debido a la falta de formación temprana. Este hecho desencadena una serie de consecuencias tan considerables que una pregunta salta a la vista: ¿por qué falta la formación temprana que hizo necesario crear un Ciclo de Introducción a la Música?
En primer lugar, la calidad de la enseñanza uruguaya no depende solamente de los profesores, sino también de los recursos del entorno. En Europa o EE.UU., un estudiante compite con cientos de pares aun dentro de su misma ciudad. En Uruguay, la masa crítica de estudiantes de instrumentos clásicos es extremadamente pequeña y, al haber poca competencia interna, el nivel de exigencia de las cátedras tiende, inevitablemente, a relajarse.
En segundo lugar, la música clásica de alta competencia requiere instrumentos de excelente calidad. Un estudiante uruguayo de piano o de cuerdas, a menudo debe ensayar en instrumentos desgastados o de mediana o mala calidad, debido a los costos de importación o la falta de presupuestos para renovación de luthería, algo que limita el desarrollo del refinamiento sonoro.
En tercer lugar, hay un sesgo cultural del mercado laboral uruguayo. El mercado y la identidad uruguaya están profundamente volcados hacia la música pop, la murga y el candombe. Así es como las instituciones oficiales y privadas se adaptan a lo que la sociedad consume y demanda. Entonces, para un joven uruguayo, la salida laboral en música clásica se reduce casi exclusivamente a concursar por las escasísimas vacantes de la Orquesta Sinfónica del Sodre o la Filarmónica de Montevideo o, si no, volcarse a la docencia.
Al ser un mercado tan pequeño y sesgado, el sistema educativo superior no se ve presionado a competir al nivel de una Hochschule alemana, por ejemplo, porque el entorno laboral local le va a exigir a ese graduado ser tan sólo un músico de fila flexible en una de las dos orquestas sinfónicas que hay, o bien, ser un pedagogo - sea institucional o por cuenta propia -.
Y para terminar este breve análisis comparativo, hay que ver que el modelo de la EUM es financieramente poco eficiente debido a la alta tasa de deserción y rezago en el Ciclo de Introducción a la Música. La universidad pública uruguaya terminó financiando la educación básica musical que debió ocurrir, pero no ocurrió, en la niñez.
Y aquí es en donde hay un aspecto delicadísimo de señalar, pues involucra la decadencia de los conservatorios históricamente más reconocidas de nuestro país. Sin excepción alguna, en lugar de mantener el nivel de excelencia que habían tenido, optaron por un mercantilismo que ignoraba la calidad.
La historia de un camino mercantilista.
El mecanismo que terminó erosionando la cultura y el nivel técnico de la enseñanza musical privada en Uruguay, se remonta al siglo pasado. Se conoce como un "sistema de sucursales", y su implementación masiva comenzó a gestarse a finales de la década de 1940, y alcanzó el auge comercial durante las décadas de 1950 y 1960.
El esquema respondió a una lógica de incentivos perfectamente armada. Conservatorios de gran renombre en Montevideo expandieron su fama permitiendo que profesores particulares del interior del país y de los barrios montevideanos se "afiliaran" a sus sistemas de programas y exámenes. Así surgió el negocio de los exámenes limitados casi exclusivamente al piano, ocasionalmente a la guitarra y rarísima vez al canto lírico. Cualquier otra opción estaba ausente. El profesor preparaba a los alumnos bajo el programa de la casa matriz y, una vez al año, un "tribunal" encabezado por el Director evaluaba las pruebas en la matriz de Montevideo y también, de manera itinerante, viajaba a las diferentes localidades del interior. Para rendir esta prueba (tanto los exámenes anuales como el de titulación de "Profesor de Piano" o de "Teoría y Solfeo"), el alumno debía pagar una tasa de examen considerable, tanto en Montevideo como en el interior. El profesor, a su vez, recibía un porcentaje o comisión directa por cada alumno que presentaba al examen. Dado que el negocio dependía de que los padres siguieran pagando la mensualidad al profesor y las tasas de examen a la casa matriz al año siguiente, reprobar a un alumno era comercialmente inviable. El tribunal aprobaba a prácticamente todo el mundo, a menudo tras escuchar apenas unos minutos de una obra mal digerida, y procedía a expedir títulos impresos con letras góticas doradas.
¿Por qué floreció en los años 1950-1960?
El piano era un símbolo de estatus. En la primera mitad del siglo XX y hasta bien entrados los años 60, tener un piano en el living de una casa de clase media uruguaya y que las hijas estudiaran música era el máximo símbolo de estatus social y respetabilidad. Había una demanda gigantesca de familias que querían que sus hijos "tuvieran el título" de profesor, aunque nunca ejercieran. Es probable que hoy, a causa de aquello, sean muchos quienes todavía creen que la música clásica es “elitista” sin detenerse a pensar en un impacto cultural.
También había en aquella época un vacío legal y falta de regulación. El Estado uruguayo nunca reguló ni fiscalizó la validez técnica de los títulos otorgados por los conservatorios privados. Cualquier institución podía llamarse "Conservatorio" y emitir diplomas habilitantes que en realidad eran de validez estrictamente decorativa. Este mercantilismo creó en todo el país una burbuja de miles de "profesores de música" titulados que carecían del nivel técnico básico, saturando un mercado de docentes rutinarios. Pero cuando el estatus cultural cambió y el piano dejó de ser el centro del hogar a partir de los años 70 y 80, el sistema se desplomó, dejando tras de sí la inercia y los vicios pedagógicos.
Este desplome no fue solamente comercial y el que determinaría la desaparición de aquellos conservatorios. También comenzó a resquebrajarse la cultura de una docencia responsable y eficaz, mientras el público fiel a la música clásica iba envejeciendo y las nuevas generaciones carecían de conocimientos para ejercer un juicio crítico de toda la situación.





