MARKETING CULTURA: Música "culta" en Uruguay.
Mediante un razonamiento lógico hecho a partir de criterios de mercado hallamos la punta de una madeja- ¿Por qué hoy la Orquesta Filarmónica de Montevideo, y la Orquesta Sinfónica del SODRE son lanzadas prácticamente a la ruina?
En 2008 se publicaba un extenso documento escrito por Manuel Esmoris titulado "Marketing cultural, “Música ‘culta’ en Uruguay”.
“Menos sinfonismo, más diversidad de repertorio, público más variado y en todo el país; con la misma plata: la de todos los ciudadanos”.
¿Por qué menos sinfonismo? La razón sería, según dice el documento, que “un promedio de diez ensayos para una sola ejecución, llevado a unidades de tiempo significa 1.500 minutos de ensayos colectivos para producir 100 minutos de concierto, generando una relación tiempo de concierto / tiempo de ensayo de 15 a 1.” Esta sería la causa número uno de una “baja productividad” debida también “al hecho de que sus presentaciones (se realizan) en Montevideo y en Centro de esta ciudad, a excepción de la Banda Sinfónica Municipal que se presenta en barrios de la capital.” Y la consecuencia inmediata se podría apreciar porque “de esta forma se restringen las posibilidades de accesibilidad del público que reside en lugares alejados del Centro de Montevideo.”
Esto último no es exactamente así, pues cuando en el Teatro Solís o en el Auditorio Nacional del SODRE se hacen espectáculos pop las salas se llenan de público que viene de cualquier barrio montevideano. Es decir, la cuestión de atraer público va por otro lado.
El marketing no consiste tan sólo en una recopilación de datos y resultados, sino que esto es tan sólo una herramienta. El marketing es un conjunto de técnicas para incrementar el consumo de un producto – la música sinfónica en este caso, aunque ahora parecería que lo más sensato sería lisa y llanamente dejar de hacerla y sustituirla por conciertos en donde el repertorio pida una cantidad menor de músicos, quizá no más de 20 -.
Pero, y creemos que ni haría falta decirlo, si los músicos pasan de ser integrantes de una orquesta sinfónica a convertirse en integrantes de orquestas más reducidas y/o conjuntos de música de cámara, no se resuelve el problema. No, porque se supone que todos ellos, todos, están financiados por el Estado, ensayen o no los miles de minutos que fueren, intervengan o no en conciertos sinfónicos. Quizá a causa de esta realidad es que el autor del documento ataca el sinfonismo con otra reflexión muy puntual:
“Lo que se sostiene o cuestiona en estas líneas es que la institucionalización con financiamiento público del sinfonismo, como epicentro de la música académica (…,) constituye un grave error de servicio cultural, pues restringe notablemente el repertorio al que puede acceder y disfrutar la ciudadanía. Si se compara en unidades de tiempo, la cantidad de música académica ejecutable por agrupaciones de no más de 20 integrantes, con el acervo sinfónico disponible, se constatará, que existen varios cientos más horas de música para pequeñas agrupaciones, que para sinfónicas.”
Un poco de historia de la música no está mal para arruinar el futuro. Por cierto, el gran sinfonismo tiene unos 200 años de historia y, de ahí hacia atrás, podemos retroceder ¿por qué no? hasta la Edad Media y el Canto Gregoriano interpretado por pocas voces y sin instrumentos. ¡Vaya!, ¿para qué demonios querríamos sostener también a todo el Coro Nacional del SODRE, si con pequeñas agrupaciones corales tendríamos toda una diversidad de repertorio medieval con proyecciones hacia el Renacimiento y algo del Barroco? El único problema sería… que las mayores obras corales de Bach y Händel quedarían fuera, porque serían poco “productivas”. Perdón por esta ironía, pero ¿cuál será el futuro siguiendo ese razonamiento? Parece evidente que iríamos derecho a que el público – el nuevo público también – conozca cada vez más un repertorio de música de cámara, lo cual no estaría nada mal, por supuesto, aunque ahora sería a expensas del progresivo desconocimiento de la música sinfónica creada nada menos que durante dos siglos. El nuevo público uruguayo conocería casi solamente a través de grabaciones a Wagner, Mahler, Stravinski, Shostakovich y tantos otros grandes sinfonistas y hasta las sinfonías de Beethoven quedarían excluidas del repertorio de los conciertos. ¿A esto se le puede llamar una buena gestión cultural?
Pero asumamos como cierto lo que arrojó una encuesta de 1998:
“Una encuesta realizada por la propia Orquesta Filarmónica de Montevideo, al público de cada concierto del ciclo de 1998, arrojó como resultado que hay menos de 3.000 personas distintas a lo largo de la temporada. Para ellas se realizaron 13 conciertos en el Teatro Solís, entre abril y noviembre. De esta forma, se financia una orquesta de más de 90 integrantes y se gasta en parte del mantenimiento y funcionamiento de ese teatro, para que accedan 3.000 personas distintas, por año, a conciertos de música sinfónica. A su vez, el 30 % de esas personas también declararon haber concurrido a conciertos de la Orquesta Sinfónica del SODRE, (…) lo cual habla de una redundancia de servicios sobre los mismos individuos. Todo esto en un contexto donde las obras, los maestros, los solistas tienden a repetirse, a lo que debe agregarse que los músicos integrantes de la Filarmónica de Montevideo y la OSSODRE, son mayoritariamente los mismos.”
Entonces volvemos al punto de partida. La función del Estado, respecto a la cultura, no es medir resultados en términos de taquilla, pero, si fuese así que se lo quisiera encarar, 3000 espectadores distintos al año, ¿no debería ser una alarma para buscar cómo aumentar la audiencia, en vez de eliminar o reducir al mínimo espectáculos que son parte de la cultura?
También el hecho de que los integrantes de la Filarmónica sean prácticamente los mismos que los de la Orquesta Sinfónica del SODRE es un viejo problema al que nunca se le dio solución. ¿Por qué no se hace un llamado a concurso para integrar una Filarmónica que no sea la Sinfónica del SODRE con otro nombre? Nunca se hizo, por una cuestión bastante espinosa. O bien se duplica el número de músicos, para que sean de verdad dos orquestas sinfónicas, cargándole más costos al Estado, o bien se deja todo así como está para que cada músico pueda vivir con los dos salarios que recibe. Esta realidad siempre esquivada tampoco se solucionará corrigiendo el “error” del sinfonismo, porque ¿no es cierto que serían siempre los mismos músicos quienes integrarían las orquestas más pequeñas para ofrecer el nuevo repertorio?
Finalmente, como suele ocurrir con todas las encuestas, hay datos que pueden ser interpretados de manera sesgada. Que una misma persona concurra a los conciertos de la Orquesta Filarmónica, y después vaya a los de la Orquesta Sinfónica del SODRE, ¿significa que esa persona estaría yendo a ver conciertos repetidos? Al contrario, lo que ese resultado indica no es una redundancia de los servicios, sino que hay cierta variedad en la oferta musical Si el público sumado en conjunto es poco, lo que debería revisarse es la efectividad (inefectividad, en realidad) del marketing que en los últimos años se viene haciendo para la música clásica.
Y así es como de manera casi premonitoria de las ideas que se manejan hoy, en 2016, en la gestión cultural, el documento remacha lo siguiente:
“A su vez, el elitismo se experimenta en la situación social de concierto, pues se produce naturalmente una exhibición de los símbolos de estatus entre los asistentes: vestimenta, alhajas, tratamiento del cabello, etcétera. Esto tiende a segregar a aquellos ciudadanos de menores ingresos, por no compartir los mismos símbolos, lo que no significa que posean menos sensibilidad, intereses y curiosidades culturales hacia la música académica”
No está fuera de lugar recordar que Enrico Caruso relataba que siempre que saludaba al público que le ovacionaba, observaba si las ovaciones también venían de las galerías altas del teatro porque pensaba que ahí estaba el público más entendido y sensible. Estamos hablando de principios del siglo pasado, cuando ya había ciudadanos de menores ingresos que podían acudir a disfrutar espectáculos de ópera aun con limitaciones de difusión que hoy ya no existen. El elitismo es uno de los tantos mitos que se quieren involucrar para justificar decisiones tales como el recorte de presupuestos que, seguramente, serían un despilfarro destinado únicamente a satisfacer el gusto de las personas adineradas.
La difusión exitosa de la cultura tampoco va por ese lado que se quiere sugerir bajo el lema de la “inclusión”, y la prueba está en los famosos “conciertos en vaqueros” que se vienen experimentando en Europa y adonde acude también mucha gente adinerada exhibiendo ropa sport de las marcas más caras a la última moda. Inclusión cultural es otra cosa. No estamos ya en el siglo XIX o principios del XX para salir a clamar a voz en cuello que el arte se debe democratizar. Ahí están los espectáculos pop de las últimas temporadas del SODRE, y los que ahora ofrecerá el Teatro Solís en la temporada 2016, que al ser a precios por cierto muy altos a causa de los costos que tienen, y los cachés de los artistas, distan mucho de ser “democráticos” aunque el “pueblo” de todos los barrios de Montevideo pague y asista hasta llenar las salas de arriba abajo. Nada de eso habrá de cambiar haciendo música de cámara y erradicando el sinfonismo.
La difusión exitosa de la cultura tampoco va por ese lado que se quiere sugerir bajo el lema de la “inclusión”, y la prueba está en los famosos “conciertos en vaqueros” que se vienen experimentando en Europa y adonde acude también mucha gente adinerada exhibiendo ropa sport de las marcas más caras a la última moda. Inclusión cultural es otra cosa. No estamos ya en el siglo XIX o principios del XX para salir a clamar a voz en cuello que el arte se debe democratizar. Ahí están los espectáculos pop de las últimas temporadas del SODRE, y los que ahora ofrecerá el Teatro Solís en la temporada 2016, que al ser a precios por cierto muy altos a causa de los costos que tienen, y los cachés de los artistas, distan mucho de ser “democráticos” aunque el “pueblo” de todos los barrios de Montevideo pague y asista hasta llenar las salas de arriba abajo. Nada de eso habrá de cambiar haciendo música de cámara y erradicando el sinfonismo.
En suma, la propuesta del documento le da vuelta la cara a una realidad para no verla. Y mira hacia las “tendencias del mundo” y no propone nada novedoso. La idea de reconvertir orquestas y de “racionalizar” los gastos de la cultura ya tiene historia en varios países de Europa, y la reciente decisión de la Unión Europea respecto a su Orquesta Sinfónica Juvenil es un ejemplo mayúsculo de esa tendencia. Y nosotros, en Uruguay, según parece, “con la misma plata de los ciudadanos” queremos seguir aquel ejemplo.
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NOTA: Queremos dejar especial constancia de que hemos observado una mejora en la programación de la temporada 2016 del SODRE en comparación a la del pasado 2015. Sin embargo, el desarrollo de un Ciclo de Música de Cámara en 2016 no hace, en realidad, más que recuperar solamente en parte los equivalentes que tenía antes de 1971. En el aspecto sinfónico, por otra parte, aún se está muy lejos de recuperar la frecuencia
habitual que los espectáculos sinfónicos antes del incendio del
Estudio Auditorio. Mientras tanto, sigue habiendo considerable espacio y dinero dedicados a espectáculos que están fuera de los objetivos culturales que dieron lugar a la creación del SODRE, y esto se comprueba en la cartelera que incluye los siguientes espectáculos, algunos de los cuales tienen asignadas varias funciones consecutivas en lo que queda del año:
¡Opa! Payasos con Roja y Knoc Knoc.
Dúo Vecina
Soledad "La Sole" Pastorutti
Babasonicos - banda de rock argentino.
Murga "Agarráte Catalina"
Lengualunfa.
Senda 7 -Murga, rock, candombe, reggae.
Voices en concierto - fusión Doo-Woop con Gospel, Negro Spiritual, Rock y Pop.
Como hemos dicho en otra oportunidad aquí en este blog, no estamos juzgando la idoneidad artística de ninguno de los mencionados en sus respectivos géneros. Solamente queremos insistir, una vez más, en las funciones que la Ley de creación le asigna al SODRE y que cualquiera que sea la Comisión Directiva debe sentirse responsable de desarrollar al máximo.
